Coincidentes

“Coincidentes” es el nombre de la página web del amigo Tomás Rivero. Veo en ella una página afable que invita a pensar, y atractiva no sólo porque lo retrata fielmente, sino porque da a muchos otros el colaborar dentro de su amplia faceta cultural. Coincido con ella y, también, porque con sus oportunas innovaciones, muestra lo vivo de su proyecto.

Coincidentes es palabra que calificaría de mágica. Todo término que posee distintas acepciones en el Diccionario de la Real Academia es mágico; al menos, para mí. Porque magia en la construcción de una frase es lo que rezuma una palabra que admite diversos significados.

En esta ocasión, no quisiera examinar el título de la página desde la perspectiva que ya se viene apreciando. Me gustaría analizar el término desde algún otro aspecto; aspectos que puedan haber hecho mella en más de una vida – la mía, sin ir más lejos –, a fin de comprobar si la aludida magia de la palabra trasciende más de allá de esta página.

Veamos, mi vida está dominada por lo que me rodea: la música, los libros, el cine, el teatro… Partituras y títulos que han dejado en mi carácter una huella profunda que todavía perdura y se consumirá conmigo. ¿Por qué no transmitirla?  

Primera acepción de coincidente: convenir una cosa con otra; ser conforme con ella.

El francés Séverin Faust, más conocido bajo el seudónimo de Camille Mauclair, vivió entre 1872 y 1945, llegando a ser destacado poeta, novelista, biógrafo y crítico de arte.  En la primera de sus facetas, la de poeta, logró que algunas de sus composiciones fueran llevadas al campo musical por los compositores Gustave Charpentier y Ernest Chausson, también franceses. Como crítico e historiador musical dejó varios títulos. De “La religión de la música” (1909) – publicada en España en la década de los cuarenta del siglo pasado  en versión de José María Borrás – es la siguiente cita. Aparece en la primera sección del libro, dentro del trabajo titulado “Aguafuertes de la orquesta”. Escribe Camille Mauclair:

He pensado muchas veces que una orquesta, por sí misma, sería motivo inagotable de una serie de aguafuertes, si no de pinturas, ¡y con qué intenso modernismo! Porque contiene casi todos los gestos y expresiones humanos.

Observad esa muchedumbre reducida que no cambia de lugar. Amontonada, sentada, igualada por lo negro de los trajes, encierra en sí misma todos sus movimientos: de igual modo la agitación incesante de las abejas está como moldeada en la inmovilidad de la colmena. La concentración de movimientos de esos hombres vueltos hacia adentro aumenta la intensidad de los mismos. Se les dijera suspendidos por una ráfaga sobre un abismo invisible que disimulan detrás de sus cuerpos apresurados, y es la ráfaga misma de la sonoridad que asciende como vapor délfico en medio de estos seres de rostro atento y triste, agitados por larga convulsión. Delante de ellos, y más elevado, como si fuera el único capaz de percibir en el fondo del abismo al Ser invisible, el director parece imitar con su mímica el sentimiento de todos…

Segunda acepción: ocurrir dos o más cosas a un mismo tiempo; convenir en el modo, ocasión y otras circunstancias.

También del mismo título y sección de Camille Mauclair – repito, publicado en 1909 –, escojo el comienzo de su trabajo “El fluido musical”.

Que yo sepa – y es cosa que me asombra – a nadie, hasta el presente, le ha ocurrido dar todo su valor a una muy singular coincidencia; y es que la música sinfónica llegó a su máxima potencia de medios magnéticos poco más o menos en la misma época que presenció el descubrimiento de la electricidad. Nunca he visto que se considerara ese sincronismo, y, sin embargo, ¡cuánto significa!

Tercera acepción: ajustarse una cosa con otra; confundirse con ella, ya por superposición, ya por otro medio cualquiera.

Don Benito Pérez Galdós, nace en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843. Con diecinueve años llega a Madrid para iniciar los estudios de Derecho, pero, para gloria de la literatura, es el joven Benito el que nos cuenta en su “Memorias de un desmemoriado” cómo entró en la Universidad en… donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía… Frecuentaba el Teatro Real y un café de la Puerta del Sol, donde se reunía buen golpe de mis paisanos…

(Aquí recomiendo la lectura del segundo capítulo de “Pérez Galdós y la música”, tituló que publiqué en la madrileña editorial Clave Intelectual en febrero de 2016).

Es la época en la que el estudiante no sólo emborrona dramas y comedias, sino que se atreve a verter su parecer sobre diversas veladas musicales. Por ellas, va a parar al periódico “La Nación”, en donde le encargan cubrir la información de la actividad musical de la Corte. La mejor de esas crónicas aparece en dos entregas, los días 2 y 6 de diciembre de 1865.

Su título: “Una industria que vive de la muerte. Episodio musical del cólera”.

El relato está dividido en seis partes. En la primera, a modo de introducción, Galdós hace unas consideraciones acerca de la música y el ruido, que he creído oportuno traer aquí para vestir esa tercera acepción de la palabra “coincidentes”:

Un hombre célebre dijo en cierta ocasión que la música era el ruido que menos le molestaba. Aunque nos tache de profanos algún melómano, no nos atrevemos a condenar esta aseveración como un desatino, porque no creemos que se perjudique a la música uniéndola al ruido, ni que sea señal de poca cultura confundir el arte divino con su salvaje compañero; mejor dicho, con su engendrador…

Un melancólico vaga entre las sombras de la noche por un campo, por una playa o por las calles de una población, y a su oído llegan confusos rumores producidos por el aire, el mar, las aguas de una fuente, cualquier cosa; su fantasía determina al instante aquel rumor, lo regulariza y le da un ritmo; al fin, lo que no es otra cosa que un ruido toma la forma de la música más bella y expresa aún más de lo que este arte pudiera expresar…

Cuarta acepción: Concurrir simultáneamente dos o más personas en un mismo lugar.

Edimburgo (Escocia), 6 de septiembre de 1975; un poco antes de las seis de la tarde me encuentro a las puertas de la iglesia de St. Cuthbert. Aparentemente, es una iglesia de medianas dimensiones. La piedra de su construcción ha ido oscureciéndose con el paso de los años; años que han sembrado a su lado tumbas de tanta negrura como la propia edificación. Ha comenzado a anochecer.  

En mi recuerdo perdura esta situación: los bancos dispuestos en círculo, en torno a una tarima. A la hora en punto, irrumpe desde un lateral la figura de Mstislav Rostropovich en medio del más sonoro de los silencios. Concurro junto a otras muchas personas al recital de una de las leyendas vivas del violonchelo; para ello, hace varios meses que he adquirido la localidad. El chelista sube a la tarima y se sienta… La expectación es máxima. Se apagan las luces de la iglesia, mientras desde lo alto, un haz muy potente de luz cae sobre el intérprete.

Programa: las Suites números 2, 3 y 6 para violonchelo de Johan Sebastian Bach. Rostropovich mira el chelo; luego el arco…; todo muy lentamente. Fija su vista en las cuerdas, en una de las cuales parece descubrir una mota de polvo, que suprime con un movimiento casi imperceptible. El silencio no puede ser más expectante… Y, arropándose dentro de él, levanta su brazo derecho con el arco, abraza con el izquierdo el instrumento y, apoyando las yemas de sus dedos en las cuerdas, durante segundos eternos parece hablar al oído del violonchelo pidiéndole que se esmere bajo su mando.

Comienza la Suite nº 2 de Bach…, a la que sigue la 3, para, en una marcha ininterrumpida, acabar con la 6. Tras ella,  Rostropovich se levanta y, consciente de haber sido el protagonista de un milagro, dedica una leve inclinación de cabeza a los asistentes; éstos, en medio del más agobiante silencio, lo premian con la admiración incontenible de sus rostros. Por algunos corren lágrimas de agradecimiento, mientras el artista abandona el lugar y las luces de la iglesia vuelven a tomar protagonismo.

En el exterior, noche total.   

Quinta acepción: Estar de acuerdo dos o más personas en una idea, opinión o parecer sobre una cosa.

Puede que fuera el mismo año en Edimburgo; o, tal vez, dos después… Avanzaba sobre el South Bridge en autobús, cuando en un mal inglés hice que la señora mayor, sentada a mi lado junto a la ventanilla, reparase en el personaje que corría junto al autobús.

Ella, portando un sombrerito adornado con flores un tanto descoloridas, asintió y, con sonrisa un tanto cómplice, me respondió que era James, el chico que a diario hacía el itinerario del autobús, corriendo a su lado. Estuvimos de acuerdo en que la situación no era normal, pero – así me lo explicó –, a base de no serlo durante un tiempo, había pasado a constituir un atractivo más del trayecto; algo consustancial a la propia línea… Además, ¿qué daño podría hacer aquel muchacho creyéndose autobús?  

Durante dos largas semanas de estancia en Edimburgo, coincidí tres veces más con James corriendo al lado del autobús; una acción que no asombraba a los ocupantes del medio de transporte por considerarla habitual, pero que a mí me dio que pensar; en especial, el día en que James casi tropezó con un coche y estuvo a punto de ser atropellado… Aquella noche soñé con el “chico-autobús”…

A la mañana siguiente, me tropecé con esta noticia en el periódico: “Joven se suicida arrojándose contra un automóvil”. Pensé que la noticia era inexacta y que el medio de comunicación se aventuraba con barata facilidad en el suicidio.

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James H.P., de rostro estrecho y pelo rojizo, brazos y piernas largas, ojos muy abiertos y grandes orejas como indicadores, semejaba un hermoso autobús rojo de dos pisos.

Cada mañana repasaba su aspecto antes de hacer el diario recorrido. Contemplaba hasta sus más mínimos detalles: desde los zapatos hasta la gabardina, en cuya espalda anunciaba una marca de televisores. Bebía su ración de agua y se peinaba a fin de resultar lo más atractivo al pasaje.

Luego, con ritual matemático, abría la puerta de su casa y comenzaba a desaparcarse. Lo controlaba todo, hasta los segundos menos valiosos.

La noche anterior había llovido ligeramente y la calzada estaba algo resbaladiza. Habría de tener sumo cuidado en no patinar para producir algún desperfecto en su carrocería. Así que, terminados los preparativos, fue a la esquina en donde comenzaba el recorrido, esperando su turno. Al poco apareció el 18; tras aguardar medio minuto se puso en marcha.

Las suelas de sus zapatos rechinaron al ponerse en movimiento y alcanzar la calzada destinada al bus. A lo largo de toda la calle que conducía al South Bridge fue visto por los que, mañana a mañana y en cada parada, contemplaban su paso: el señor del impermeable amarillo, la señora del paraguas rojo, la mujer joven con vestido verde semáforo, los niños que iban al colegio… Él los saludaba a todos con un ligero abrir y cerrar de ojos, al que muchos contestaban con un cariñoso “Cheerie-o James”.

Dejando atrás las calles más tranquilas de Newington, empezaron a menudear los postes de los tres ojos luminosos. Era la señal inequívoca de la cercanía del gran puente. Llegó al primer cruce y lo detuvo el semáforo. Ante él cruzó la chica de todas las mañanas. Iba más atractiva que nunca… Ella le obsequió con una amable sonrisa que hizo que James H.P., con la emoción del saludo recibido, arrancase al verde con un chirrido de suelas, mientras su garganta emitía un suave ronroneo musical de motor contento. ¿Cuándo se decidiría a hablar con ella? ¿Cuándo, a salir como peatón?

Preocupado con estos pensamientos, apenas tuvo tiempo de observar el cambio de luces en el siguiente cruce y a punto estuvo de tropezar con Mrs. Scott que, como todos los días, salía con su perro en dirección al parque. Ella se quedó mirándolo fijamente y sólo le dijo en tono de reproche: ¡James!… Y el chico-autobús hizo una casi cómica reverencia pidiendo perdón.

Un pitido coincidió con su llegada al South Bridg, mientras el tren pasaba bajo él. Se subió un instante a la acera y, al contemplarlo, soñó… Quizás, algún día, dejaría de ser autobús y se transformaría en tren; un hermoso tren con vagón restaurante, con el que visitaría otras ciudades, conocería otros paisajes…

Fue ese sueño la causa de que se saltara el rojo del cruce con Princess Street. El vehículo con el que se vino a dar de frente lo despidió a varios metros, yendo a parar a los pies de un semáforo sin luces, sin sonido, sin música…, en el que parecía coincidir todo, sin coincidir nada.

 

Pintura:

Retrato de Séverin Faust

por Bernard



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