El día en el que leer se tornó en una rara disposición

Todos mis contemporáneos se fueron haciendo escritores y redactaron alguna de las grandes obras conocidas. Tanto bagaje intelectual mermó considerablemente el número de lectores. Abundaban los libros pero no había quienes los leyeran, todos estaban enfrascados en sus propias obras. Leer se convirtió en una extraña costumbre; pagar por la lectura se tornó en una necesidad.
Al terminar mi primer libro “Monografía sobre plantas carnívoras” tuve la suerte de encontrar un editor que se aprestó a publicarlo, entre otras razones, porque encontró de su gusto el diseño de la portada y los espléndidos dibujos ilustrativos. Animado por su buena disposición me atreví a plantearle una pregunta que, dado la forma como reaccionó, fue del todo improcedente.
–¿Cree que tiene alguna probabilidad de ser leído?
–Es una cuestión –contestó– que no debería preocuparle. En nuestros días los libros no se editan para que sus contenidos sean interpretados, sino para otras funciones prácticas que no exija, a sus potenciales compradores, esfuerzo intelectual. Las publicaciones se hacen para: formar biblioteca que den carácter serio a las casas; coleccionistas que valoren sus primeras planas y dibujos; estudiosos de los estilos de letras empleados y de los procedimientos de impresión; crear modas que influyan en la sociedad, y, para los admiradores del aspecto, la simpatía y la popularidad de los autores. Esto es lo más importante cara la venta. Le aconsejo un presentador que haga su valoración personal, un asesor de imagen que mejore su aspecto, y un publicista que realice la adecuada propaganda. Tengo una lista de técnicos, con distintas tarifas, aptos para promocionarle. Además, en el caso – poco frecuente– de que el público se interesara por el tema, existen lectores profesionales que se encargarían de explicarlo y resumirlo adecuadamente, de esta forma se evitaría todo forzamiento mental del cliente.
Otra opción es el reconocimiento oficial e ir tras los múltiples premios que otorgan las instituciones. Esto requiere preparación y conocer los caprichosos y variables criterios por los que se rigen. Necesita concurrir a todos los concursos posibles y esperar que la suerte, la recomendación o el compromiso le otorguen el galardón.
Y, por último, el constitutivo y razón fundamental de la mayoría de los escritores: ganar dinero. Nuestra editorial mediante un estudiado marketing garantiza unos mínimos de venta.
–He escrito con la intención de informar a otros, la lectura es imprescindible– comenté frustrado.
–Tiene, por su inexperiencia, una idea equivocada de cómo funciona este negocio. Solo le queda el recuso de contratar y pagar a un lector profesional.
La popularidad de este experto fue en aumento a medida que creció el dominio de Internet. La posesión de un libro impreso en papel se tornó mucho más importante que su lectura. Su trabajo consistía en el estudio y resalto de los contenidos que tuvieran interés general pero no eran escrupulosos, las obras eran destacadas según el canon pagado por el autor. También, por tarifas menores, se conseguía una valoración provisional que podría servir de avance a un definitivo reconocimiento.
Editado el libro, y con un buen número de volúmenes en mi poder, me enfrenté al reto de buscar personas interesadas en interpretar su texto. Pagué la tarifa menor a tres de estos lectores profesionales y sus estimaciones me hicieron ver que, por ese camino, lo único que conseguiría era perder el dinero. El primero determinó que la obra era “demasiado profunda y densa” (¿profundo un ensayo sobre plantas carnívoras?), necesitaba una atenta lectura, difícil de resumir, de ser explicada e inepta para divulgarla. La valoración del segundo fue una estafa pues ni se molestó en hojearla, falsamente dictaminó: “Su novela (?) la encontré muy interesante, está en el buen camino pero ha de seguir trabajando”. Al tercero, además de pagarle la cantidad fijada, lo traté de engatusar regalándole  un sabroso queso de Guía. Su única respuesta fue: “¡Hum, que rico estaba el queso!”
La única alternativa era subir el libro a la red y competir con cientos de miles de obras –tal vez millones– para captar la atención de un potencial lector. Y así lo hice.
Después de dos años, estando ya frustrado, recibí un amable correo electrónico de una señora de ascendencia mejicana y vecina de Seattle (estado de Washington, USA):
“He examinado su “Monografía sobre plantas carnívoras. La considero sumamente interesante y digna de ser estudiada. La recomendaré a mis alumnos de habla española. Si me autoriza haré una traducción al inglés…”
¡Mi libro ha sido leído! ¡Eso colma todas mis expectativas! La noticia sorprendió a familiares, amigos y conocidos siendo felicitado con efusión .  Un vecino, también escritor, me hizo el siguiente comentario:
–Eres un hombre afortunado. Resulta increíble que aun existan personas capaces de leer un libro.

Extractado del libro de Mario Simbio  “La Alegre Ignorancia“.

 

 

Pintura

Montald

 



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