Crimen en agosto

Eran las cuatro de la tarde de un insoportable día agostizo. La cortina ante la ventana abierta era presa de un equilibrio total, producido por la quietud mortal de la hora. Yo mismo, me hallaba sumido en pleno agostamiento, mientras abría mis ojos con intermitencia exenta de compás, contemplando la insaciable voracidad de unos animales que, comiéndose unos a otros, sólo les faltaba por devorar a los cámaras que filmaban las secuencias – ¿sería el mismo cocodrilo de anteriores reportajes? –, cuando… ¿Quién podría querer visitarme en momento tan poco pertinente?
Me levanté del sofá, dejando en él rastros de mi sudor… A regañadientes apagué el televisor y me encaminé hacia la puerta. El timbre volvió a sonar con insistencia y, antes de abrir, retumbó un disparo que hizo eco en el interior de mi cabeza… Reaccioné no sé cómo y miré a través de la mirilla. El campo de visión lo ocupaba un rostro, mezcla de sonrisa y dolor – creo que más dolor que sonrisa –, que parecía querer escapar del espanto sufriente, internándose por la pequeña abertura: era el de Carlos.
Al abrir la puerta, su cuerpo desmadejado cayó en mis brazos… No sabía que hacer… Lo arrastré hasta el sofá y lo tendí sobre él. Corrí nuevamente a la puerta… No había nadie… La cerré… Me dirigí a la ventana y separé la cortina con cuidado, temiendo, quizás, un nuevo disparo.
En la calle, un vehículo oscuro, de tonalidad indeterminada – para mí todos los coches son iguales –, se había alejado lo suficiente como para no distinguir su matrícula… Al soltar la cortina, la sangre que manchaba mis manos dejó trazos más tenues en la tela… Y al regresar junto a Carlos e incorporarlo, también había sangre en el sofá: no paraba de brotar de la herida que tenía en medio de la espalda… Su palidez era extrema.
Abriendo momentáneamente los ojos me dijo: ¡Tenías razón!… ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué dices?, repetí varias veces… No volvió a pronunciar palabra.
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Semanas atrás, Carlos me había pedido que lo invitara a almorzar… (No es que mi forma de cocinar ande en boca de todos, pues sólo sé hacer pasta – más bien, abrir una caja que la contiene –, que mezclo, sin orden y nada de concierto, con un vulgar atún de lata, y que baño, por más añadidura y con objeto de tapar mis despistes habituales, con abundante salsa de tomate. Así hago las delicias de algún que otro amigo en paro culinario, por
mor de la mierda que cobra de su ventajoso contrato de quince horas a la semana.)
He de hablar contigo urgentemente, me dijo entonces.
¿Tanta prisa te corre?
Sí… Se trata de algo muy importante.
Después de haber dado cuenta de la obligada pasta, Carlos se arrellanó en el sofá – justamente donde ahora yacía sin vida –, y comenzó a decirme.
Ya sabes que los años que llevo ejerciendo la profesión de librero me han proporcionado cierto olfato en torno a la problemática del libro en este país.
¿Te refieres a quién puedes venderle un Quijote y a quién no?, bromeé.
No se trata de eso, me atajó. Lo que voy a contarte es muy grave; tan grave que corren peligro de desaparecer las librerías y la vida de más de una persona.
Pensamiento sin norte en una acalorada tarde de verano, dije, restando importancia a sus palabras.
Nunca he hablado más en serio.
¿Agatha Christie o Simenon?, ironicé.
Carlos me miró con preocupación durante unos segundos… Luego escupió su noticia.
Imagínate que las grandes editoriales se unen para suprimir las librerías.
No te comprendo.
Sí, piensa que deciden eliminarlas poco a poco, a través de una red propia de ventas para evitar el reparto de comisiones.
Pero esas redes ya las poseen algunas editoriales, argumenté.
Sí, pero como complemento a otro tipo de venta… No, yo hablo de suprimir las librerías de forma consciente, a través de una intrincada red, malparida por las editoras para ese fin.
Imposible.
¡Cierto!, me corrigió. ¡Existe el proyecto!… Anoche se celebró la última y más importante de las reuniones, desde que se ha venido fraguando el plan. Son muchas las editoriales que se han sumado a la lucha contra las librerías como única solución a sus deprimentes situaciones económicas… Otras, las menos y de muy escasa importancia, se han negado a participar, por lo que también peligran sus vidas.
Todo eso es absurdo, irreal. ¡Tienes que haberlo soñado!
¿Me crees capaz de soñar?
¡Claro que sí!
¡No digas majaderías! Trato de explicarte algo gravísimo y me vienes con que lo he soñado.
¿Quién te ha proporcionado la información?, dije ya, por primera vez, sabiendo que Carlos hablaba en serio.
La editorial que lidera la maniobra. Me la ha facilitado uno de sus empleados.
¿Quién?
Un amigo del libro, respondió, ocultando su nombre.
¿Y el plan para suprimir las librerías?
Ha quedado en facilitármelo lo antes posible… Al parecer, en el plazo de un año, sólo subsistirán las librerías más prestigiosas, para, dentro de una segunda etapa, desaparecer en su totalidad… ¿Te imaginas un país sin librerías, dominado por el criterio dictatorialmente definido de unas pocas editoriales, que sólo contemplan como leitmotiv de sus publicaciones las vidas de ciertos individuos, nadando en la podredumbre generada durante sus escasos días de popularidad?
Carlos yacía sobre el sofá… Instintivamente cogí el teléfono para llamar a la policía, pero me detuve… Lo pensé mejor y comencé a registrar sus bolsillos… En uno de ellos encontré un trozo de papel muy arrugado. Sólo había escrita una palabra – Bradbury –, seguida de unos pocos números, salpicados de letras minúsculas… Una repentina llamada a mi teléfono me sobresaltó hasta hacerme temblar… ¿Quién es?, pregunté… ¡Diga! ¡Diga! ¿Quién llama?… Hubo un espantoso silencio antes de que la comunicación se cortase.
————–
Sonó el timbre de la puerta… Eran las seis de la tarde… El calor era insoportable… ¿Quién querría irrumpir en la pesadez ambiental de mi pequeño salón?… Dejé la pluma sobre el cuaderno en el que tomaba unos apuntes y me levanté con desgana… Abrí la puerta… Era Carlos… Lo miré primero con sorpresa, y luego sonreí, invitándolo a entrar.
¡Qué calor!, me dijo. ¿Tienes una cerveza?… Y mientras añadía ¡pero que esté muy fría!, se dejó caer en el sofá, ejecutando una cómica pirueta.
Tras beber con avidez de la botella, unos gruesos lunares de sudor comenzaron a aflorar en su roja camiseta… Y entonces, con la desgana que le producían los casi cuarenta y dos grados reinantes, me preguntó:
Y bien, ¿para qué querías verme con tanta urgencia?
Le aclaré: es por la novela en la que estoy trabajando.
¿Otra?, exclamó con expresión más que aburrida.
Sí, pero ésta es diferente… No se parece en nada a lo que he escrito antes… Y dando un tono misterioso a mis palabras, rompí mi secreto: Tú eres el principal protagonista y no sé si suprimirte desde un primer instante o dejar que te asesinen al final.



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