Cómo conseguir ilustres con menos lustre

Aun en nuestras culturas más desarrolladas persiste la creencia de que el culpable es el otro. Al adversario se le busca fuera pero no dentro de nuestras conciencias. Siempre son ellos los culpables. Todas las ideologías llevan este trasfondo: la imputación del otro.
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  La política es  entendida, por muchos políticos, como forma de obtener ganancias y repartir dinero. El altruismo y la generosidad se   conciben  como  contribución  pecuniaria. La colaboración   física, personal y desinteresada entre humanos no es requerida habitualmente. El trabajo voluntario lleva sobrentendida alguna compensación económica, el capital es el valor por excelencia. Gran parte de esta perversión  social la desata el propio estado.
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  Los humanos sufrimos los apremios de múltiples  personajes que nos inducen a comportamientos convenientes al sistema. Figuras relevantes, vivas o muertas, se presentan  modélicas.  El   trato  dado  a   estos     personajes ilustres es de exaltación. Sus dichos y pensamientos  son recordados en artículos, libros y conversaciones eruditas.  Su recuerdo está presente en plazas, parques y jardines.  Muchos hombres culturizados  aspiran a estos tratamientos y compiten por la relevancia.
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  El estado a través de milenios de evolución, se ha hecho muy hábil en el  manejo de honores y regalías. Mediante ellos, asegura sumisiones. Introduce, dentro de la cultura, tanto a sumisos como a rebeldes (maquilla los pensamientos de los intelectuales levantiscos situándolos dentro de contextos específicos). Quiere dar a entender que fuera de sus firmes esquemas no existe erudición, arte, creación, inventiva o ciencia. Lo que no es oficioso carece de importancia.
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 La sociedad debe alertarse ante los méritos exagerados, recelar de tanta pasión  por el laurel. Muchos adictos a los homenajes los defienden como  estímulo al progreso, incentivo de la cultura. Nosotros preferiríamos que el progreso fuera incitado por la necesidad. Librar a la cultura  de tanto encomiasta, que los hombres ilustres tuvieran menos lustre y  mayor comprensión, si es que la merecen. Afortunadamente, la historia nos da la  razón.
¿Cuántos premios Nobel han quedado reducidos a simple nominación? Numerarios de una polvorienta lista de olvidados difuntos o de aureolados vivos, sin interés para nadie.

 

Textos del libro “El Zoquete Perfecto” de Mario Simbio.

 

 

Pintura

Redon

 



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