El fracaso escolar y su repercusión en el profesorado

La palabra fracaso (con implicaciones radicales y con significados como malogro, adversidad, suceso lastimoso, inopinado o funesto, caída o ruina estrepitosa, utilizada en política como sinónimo de derrota en oposición al triunfo) es un término improcedente porque esta expresión tiene sentido unidireccional y establece un solo culpable, un fracasado, un desolado proscrito: el alumno recusado, en última instancia, también podría imputarse al profesorado, mas el sistema no es objeto de culpa.  
Los profesores, bajo estos imperativos, no son estimados por su capacidad enseñante, sino por su fortaleza o debilidad de carácter, rigidez o flexibilidad en sus juicios, preferencias temáticas, modo de puntuar, sensibilidad al halago, sagacidad para descubrir al copión, preferencias políticas o grupo con quien se relaciona, etc. Los estudiantes hacen este tipo de conjeturas en pos de conseguir una calificación suficiente. El aprobado se convierte en la única razón del estudio, su consecución es forzosa. Es medio que abre las puertas del éxito. Otorga poder, posición, seguridad y dinero. Los titulados, instruidos bajo estos condicionantes, adquieren propensión al egocentrismo, menosprecio al interés de los demás, tendencia a la valoración y preeminencia del estado sobre los otros órdenes y entidades… No son hombres emprendedores capaces de crear puestos de trabajo, sino que van tras los empleos oficiales.
No obstante, existen  notables excepciones. Son innumerables los profesionales, con título académico, que no responden a estas características, libres, osados y generosos. Pero estas cualidades no devienen del sistema oficial de enseñanza, sino de otras influencias que también educan -como ambiente familiar, procedencia social, experiencias propias, convicciones…, y por el natural de cada persona.
La bonhomía de la entrañable figura del profesor se ensombrece ante el papel que el sistema le exige. El profesorado, impotente y fuera de lugar ante problemas extraescolares, se enfrenta a cuestiones que nada tienen que ver con su trabajo, por ejemplo, la agresividad, el resentimiento o los prejuicios que traen algunos estudiantes de sus propios ambientes. No cuentan con medios que prevengan o corrijan situaciones extremas, ni se les asignan asesores para inconvenientes mentales que afectan al aprendizaje como carencia de memoria, lento razonar, falta de aplicación, indisciplina… De esta forma, se denigra su condición de pedagogos y se les deja solos  ante el peligro, obligándolos  a ejercer como jueces y gendarmes de la enseñanza; determinando, según criterio coaccionado por los intereses del poder establecido, quiénes aprueban y quiénes no. No disponen del el debido respaldo de las asociaciones de familia. La tendencia de muchos progenitores es imputar al profesor. Se le culpa de falta de autoridad, de ser benevolente o exigente, de rutinario, de prestar poca atención a los alumnos con dificultades… Cargan, como propias, las contradicciones del sistema de educación. El profesorado siente un peculiar estrés producido por distintas vigilancias: la del sistema, la familia y los propios colegiales -que observan y trasmiten, de curso en curso, sus debilidades-; también, en ciertos colegio, sufren insultos y agresiones. Nadie debe extrañarse que sea presa fácil de la depresión, muestre propensión a la baja laboral y sueñe con la jubilación anticipada.

Fragmento del libro de Mario Simbio El Zoquete Perfecto que puede ser consultado o bajado pinchando aquí.
Las obras del autor están disponibles en la página  Libros de Simbio.

 

Pintura

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