INTRODUCCIÓN – EL ZOQUETE PERFECTO

TODO EN UNO: INTRODUCCIÓN, PRÓLOGO, NOTAS BIOGRÁFICAS Y OTRAS CONSIDERACIONES

Estudié bachillerato en un colegio jesuita y, por mis malas calificaciones, conocí la condición de último de la clase. No me parece un comienzo brillante, es una manera sencilla de decir que el lustre no ha acompañado mi vida y estoy perfectamente instalado en la insignificancia. En aquella época, a los malos estudiantes de enseñanza media se les procuraba rehabilitar con el estudio de ciertas carreras tenidas por fáciles llamadas peritajes. Existían cuatro especialidades de perito: agrícola, aparejador, industrial y mercantil. Primero intenté el ingreso en la escuela de aparejadores. Después de cuatro tentativas, desistí. La idea de torpe se hizo evidente. La oportuna recomendación de un familiar me permitió el acceso a la escuela de perito industrial y comencé un curso llamado selectivo -el recuerdo me pone tenso-. El primer año no aprobé ninguna asignatura; el segundo, tampoco. Alcancé un sombrío récord: fui el único. Ciertamente, no estudiaba. Tenía tal azoramiento que el intento resultaba imposible. Cuando obtuve el macilento resultado exclamé: ¡Soy un perfecto zoquete! Con el tiempo, la expresión la cambié por zoquete perfecto. Quiero aclarar que no me vanaglorio, todo lo contrario; sentí una profunda humillación que puso mi autoestima en sus límites más bajos. Además, no lo considero una injusticia sino un merecimiento. Deben ser tenidas en cuenta estas aseveraciones durante la lectura.

MATICES ENTRE TORPES Y ZOQUETES
Considerando que la condición de último de la clase estaba perfectamente delimitada por las notas escolares, entre torpe y zoquete existen rasgos que establecen ligeras diferencias. Normalmente, un torpe es una persona que se resigna a una valía menor y adquiere el convencimiento de que existen otros sujetos con mayor capacidad de entendimiento. Téngase muy en cuenta que no tratamos de definir sino de describir. Ser torpe no es una manera de ser, como muchos pretenden, sino una suposición devenida del sistema oficial de enseñanza. Un individuo afectado por este dictamen se precipita, sin resistencia, hacia lo que llamamos el enfondamiento, y significa que ha tocado fondo en cuanto a una aparente ineptitud. El zoquete es un pretendido torpe que también se hunde, pero se resiste y lo hace vociferando. En la caí- da, lucha desesperadamente por un asidero y, muchas veces, lo consigue. Allí donde se agarre continuará clamando. El discurso del zoquete es la chorrada, por decir cosas consabidas, de poca entidad o importancia, al sentirse inhabilitado -por el sistema de educación para entender las razones profundas. En los medios de comunicación es fácil darse cuenta del dominio que los zoquetes tienen en el mundo y la cantidad de asideros que se han procurado.

COMO UN RÍO QUE DESEMBOCA EN UN LAGO

El conocimiento es como un río que vierte en un lago profundo (más adelante le daremos el considerativo de hábitat). Dentro de él, los intelectos humanos ascienden, descienden o permanecen inmóviles. En los fondos se quedan los individuos sin instrucción y los precipitados desde las alturas, al estado de enfondamiento. En los fangos de este lago están las personas que han perdido la autoestima en situaciones de depresión, drogadicción, alcoholismo, etc. Cuando un individuo nace, el azar lo sitúa en un nivel y desde ahí, mediante el sistema oficial de educación, tratará de elevarse y situarse a la mayor altura posible. Este método, como vemos, también puede arrojarlo a los abismos. La mayor aspiración de cualquier persona es adquirir, mediante la instrucción, un buen estilo natatorio que le permita flotar. En la superficie está la flor y nata de la sociedad que llamaremos el Colectivo Intemerata (algo que ha llegado a lo sumo). No todas estas personas emergen por méritos académicos. Existen otros procedimientos de flotación que iremos estudiando.

LA CONDICIÓN DE ZOQUETE PERFECTO La característica de zoquete perfecto se adquiere por la permanencia, durante años o de por vida, en estado de enfondamiento, conservando un mínimo de autoestima que permita asentarse sobre los fangos. Las personas sin instrucción están mucho mejor adaptadas y se enfrentan, de mejor manera, al enfondamiento. Tienen mejor sentido de cooperación (los zoquetes sólo se lamentan o culpan) y se procuran subterfugios o flotadores que les facilitan el ascenso como el trabajo duro, ser emprendedores, arrimarse a hombres de éxito, comerciar, etc. Los zoquetes, que carecen de estas iniciativas, esperan que las soluciones les vengan, no van tras ellas. No hay razón para que algunos tengan un golpe de suerte y se crean liberados. Mas, al alcanzar cierta elevación, sufren trastornos parecidos al vértigo: dicen y hacen chorradas, presumen de cultos, dilapidan el dinero, se vanaglorian de ricos, padecen ludopatía, etc., que los ahondan de nuevo y sin remedio. Los deméritos, adquiridos en el enfondamiento, producen estos efectos. Librarse de ser zoquete es difícil, algunos lo intentan, mas pocos lo consiguen porque se someten a los mismos procedimientos de selección: reanudar los estudios, hacer oposiciones, pretender trabajos preeminentes, etc. Los resultados, por lo general, son aciagos y con muy malas secuelas. Existe otro tipo de zoquetería que deviene como consecuencia del ascenso. Personajes en plenitud intelectual, profesional y social que se expresan y actúan a nivel de chorrada. Los grandes defectos del sistema oficial de educación se manifiestan, de esta forma, entre sus graduados.

UNA CAÍDA RELATIVAMENTE DISCRETA
Mi caída fue tan directa y temprana que no produjo mucho estruendo. Si hubiera ocurrido doce años después hubiese sido estrepitosa y con las clásicas chorradas de zoquetes treintañeros: “Esta sociedad es una mierda”, “los políticos no nos ayudan”, “esto tiene que explotar por algún lado”… Fueron malos años, suficientes para convertirme en zoquete perfecto. El espíritu comercial heredado de mis antecesores fue una ayuda eficaz contra la indolencia que causa el enfondamiento. Comencé con pequeñas compraventas, casi siempre improductivas, que me llevaron -todavía me pregunto cómo- a montar una galería de arte. Mejor sería decir “venta de cuadros con sala de exposiciones” de malos resultados económicos. Esto condujo a una marginalidad que atrajo a un tipo de artistas e intelectuales que modificaron mi manera de pensar y sentir. En la vida de un enfondado a veces ocurren sucesos que, si se aprende de ellos, marcan un punto de inflexión: librarte de la condición de zoquete parece posible.

TIEMPOS DE CONTRACULTURA
Aquellos eran tiempos de revolución cultural. Grupos de hippies venían a la isla a hacer vida comunal, nudismo y consumir LSD. Abraham H. Maslow publicaba El hombre autorrealizado;. Theodore Roszak, El nacimiento de una contracultura; Alan Watts, El futuro del éxtasis; B. F.Skinner, en su novela Walden Dos, planteaba la utopía científicamente construida; Elisabeth Kübler-Ross recopilaba enseñanzas de enfermos terminales en su libro Sobre la muerte y los moribundos; J. Krishamurti predicaba La revolución fundamental; Suzuki introducía el Zen en occidente. El doctor Lawrence J. Peter atormentaba a políticos, hombres de estado y a toda la administración con su famoso principio de Peter, etc. Las juventudes tomaron la calle y todos nos volvimos contestatarios de rutina daba igual contradecir al estado, el sistema, la sociedad o la existencia misma. La isla vivía la dictadura franquista a su modo. Los isleños son tolerantes y receptivos. Su aislamiento – acentuado en aquel entonces porque Madrid se distanciaba a demasiados miles de pesetas- les producía una manera especial de asimilar las ideas. De forma que toda esta corriente de libertad tuvo cariz insular. En momentos puntuales pensábamos, hablábamos y nos comportábamos como hippies, pero, como no había razón para extralimitarse, se volvía a la vida normal cuando llegaba la hora de trabajar. Había, en la galería reuniones informales y trasiego de personas que entraban, salían y compartían opiniones. De esta forma me enteré de la antipsiquiatría de Ronald Laing y David Cooper, del estructuralismo de Levi-Strauss, de la patafísica, de Sumerhill (la escuela de Nelly), de surrealismos, abstracciones, cinetismos, op art, etc. Habíamos formado sin proponérnoslo, a la manera isleña, un pequeño grupo de contracultura. Observé un detalle sumamente interesante para desarrollo posterior de esta obra. Existen personas con alta cualificación académica pero bipolares culturalmente. Por ejemplo, juristas que hacían poemas a la libertad, psiquiatrasartistas con gran seriedad profesional pero discordantes con el sistema, arquitectos que se acercaban para mostrarnos “diseños utópicos”, personajes de la política que se sentían a gusto con nosotros y protegían a nuestro pequeño grupo. Era una ruptura intelectual, modesta, incipiente pero auténtica. Tuvimos muchas y variadas exposiciones; artistas consagrados que nos dejaron hondos recuerdos, frustrados, con muy mal carácter; noveles, de los cuales muy pocos perseveraron; trabajos manuales de niños con deficiencias psíquicas aleccionados por psicólogos y educadores con ideas renovadoras; pinturas, esculturas y otras labores de personas esquizofrénicas; pintores naif, etc.

MUCHO PARADIGMA Y POCA ACCIÓN
En aquellos años hubo un despertar de la conciencia colectiva. Fue sentida por un numeroso grupo de – 14 – humanos. La opresión no sólo tiene su origen en el capitalismo, decían, también existen poderes ambiguos que nos esclavizan. Pero no se llegó más allá y la praxis fue meramente, testimonial. Aquella luz empezó a languidecer y acabó apagándose. Tal vez no procedieron bien y, por eso, fueron absorbidos. Aunque el potencial sigue latente y dispuesto a explosionar, con más fuerza, en cualquier momento. En cuanto a nosotros, tanto paradigma sin practicidad empezó a resultar cansino. Salvo los culturalmente bipolares, la mayoría de aquellas personas tenía problemas de adaptación, creía que los ideales justificaban la indolencia e incluso sus excesos. Había excelentes y laboriosos artistas, pero también merodeadores y oportunistas. No obstante, aprendimos mucho, con tres consecuencias que marcaron nuestro punto de inflexión:

1º.-Nunca más pondría mi saber intelectual a juicio de terceros. Con lo que quiero decir: no me someteré a tribunal enjuiciador ni a determinativo alguno.

2º.-No trabajaré para nadie. Yo mismo crearé mi puesto de trabajo.

3º.-Todo aprendizaje lo haré, en lo posible, de manera autodidacta.

LOS SANDWICHES DE MIGA

Si bien pensábamos de esta forma, éramos tan incoherentes como cualquiera de aquellas personas. La galería estaba en bancarrota, el desahucio era inminente. Había que buscar una actividad paralela. ¿Pero cuál? Una entrañable colaboradora nos dio la idea: ¿Por qué no fabricar y vender sándwiches de miga? ¡Bendita persona y bendita ocurrencia! En poco tiempo se acabaron los problemas económicos pero el desahucio fue inevitable. Cuatro años de galería de arte fue el mejor aprendizaje, un verdadero regalo de la vida que cambió nuestro sino. Casi cuarenta años elaborando y despachando sándwiches de miga -esperemos que prosigan- nos enseñaron modos de vida y comprensiones que hicieron posible este libro. En la Sandwichería nos relacionamos con un público heterogéneo, conociendo personajes convencionales, insólitos, insignes e insignificantes. Tuvimos muchas fuentes de información y de contrastes.

EL COLEGIO
A poca distancia estaba un colegio de Dominicas. Desde un principio, entre las religiosas y nosotros hubo buena vecindad. Tres generaciones de instructores, padres y alumnos pasaron por el negocio. Experiencias, metodología de enseñanza, preocupaciones y frustraciones pedagógicas las vivimos a través de ellos. Fuimos testigos de las vicisitudes del centro y de su buen funcionamiento. En cierta ocasión comentamos a la directora:”Nosotros nos consideramos parte del colegio”. No muy convencida respondió con una sonrisa como si quisiera decir: “Quizá sea verdad”. Cerca estaba el conservatorio de música y más arriba había otros puntos de enseñanza. Muchos profesores fueron y son amigos nuestros. Conocimos sus inquietudes, ideas, decepciones y problemas. En general, eran críticos con el sistema de educación. Según ellos, “frecuentemente cambian de apariencia y nombre pero mantienen invariables sus procedimientos”.

LA EMERSIÓN
La sensación de enfondamiento comenzó a disiparse dando lugar a un estado de alerta de continua reflexión y de estudio autodidacta. Aunque conscientes de algún rescoldo oscuro, ya no percibíamos la negritud del enfondado, aprendimos a flotar. No nadamos dentro del Colectivo Intermerata, sino a distancia conveniente y con puntos de vista distintos. Cuando emerges por autodidactismo, las cosas se ven de otra manera. No vas a sentir ninguna autocomplacencia, superioridad o sentido de triunfo. Serás un hombre sencillo asentado en la horizontalidad. Has perdido todo sentimiento de ascenso o descenso, por tanto, te importa un bledo lo que digan de ti, que te acepten o te rechacen. Tu liberación te ha llegado por propio esfuerzo, no precisa el refrendo de nadie. De no ser así, continuaría siendo un zoquete. Cuando estás enfondado aprendes a recelar de tu inteligencia -te ha fallado en los exámenes y en los momentos decisivos- y de la inteligencia de los de más -te han juzgado y precipitado al enfondamiento-. Te das cuenta que es una dudosa cualidad que tiene fácil manejo. Se pone al servicio del estado, del poderoso, de la guerra, del dinero, de la vanidad… Se vicia con malas doctrinas, perturba el estado de las cosas, arruina la naturaleza, hace juicios de valor, etc. Nos sobrecoge ese culto a la inteligencia y sentimos gran temor ante el número de inteligentes que campean a sus anchas por el mundo. Ellos saben lo que hay que hacer, tienen soluciones para todo pero, evidentemente, gran parte de la humanidad vive el enfondamiento. Quede bien claro, ni somos ni queremos ser inteligentes, no tenemos soluciones ante los problemas de la vida. Soy el Sr. Torpe (superados mis problemas me agrada este sobrenombre) quiero presentar este trabajo a modo de análisis o punto de vista. A partir de la inflexión, comencé a hacer notas en un cuaderno de noventa páginas que llamé Apuntes Torcidos. Hice una pequeña edición sólo para amigos que fue objetada por algunos e ignorada por los demás. Ante este resultado contrapuesto, pensé que mejor era guardarlos en espera de momentos propicios. Veinte años después, con todo el tiempo de un jubilado, me he dedicado a recomponerlos, actualizarlos y añadirles personajes, ficciones y narrativas sin cambiar su contenido analítico, situándolos en un lugar concreto: la isla, configurándose el libro tal y como lo presentamos.

 

DETRACTORES
En mi vida no ha habido auténticos cómplices. No conocí personas solidarias con estos puntos de vista. Circunstancialmente fui oído con agrado por alguien, pero sin significar apoyo de opinión y actuación. Mis interlocutores siempre creyeron mejores sus ideas convencionales cerrando sus oídos a cualquier explicación. Aprendí a velar los pensamientos, decir lo esperado, guardar silencio y asentir. En la obra concurren personajes detractores, -intérpretes de estas personas que me acallaron y afines-. Producto de la imaginación pues, como ya he dicho, no tuve manifestaciones de solidaridad y camaradería. El perfil de estos personajes censuradores queda reflejado de la siguiente manera:

SIDONIO LÓPEZ. Desde su niñez tuvo propensión al envanecimiento, tal vez por ser hijo único de una conocida familia, estudiar en los mejores colegios, ir a una universidad privada o no necesitar de su titulación universitaria para vivir cómodamente. Ha escrito un buen número de libros sobre temas culturales, de poca o ninguna aceptación. Gusta de colaborar en la prensa, participar en debates de TV y, sobre todo, disertar en público. Sus conferencias son laudatorias de personajes ilustres, temas artísticos y novedades de libros. Le encanta que le llamen filósofo. Se proclama seguidor del “positivismo disentido”. Nunca explica el origen, significado y trascendencia de esta doctrina de la que nadie ha oído hablar, pero le sirve de arma en sus frecuentes discrepancias. Es implacable con el pensamiento heterodoxo y defensor de ideas conservadoras, acomodaticias y de costumbre.

BENJAMÍN TILDADO. Es uno de esos intelectuales ineptos para escribir, leer e interpretar textos amplios; incapacidad frecuente en poetas, cronistas de periódicos, escritores de novela corta y comentaristas de arte. Tildado, experto en resúmenes e inhábil en extensiones, se limita a señalar defectos gramaticales, de estilo, frases ingeniosas, cronologías y hacer hincapié en aspectos triviales. Sus análisis suelen cambiar el significado de las obras.

LUIS BERREÓN. Personifica a un inteligente que se cree desvalorizado por el contenido de este libro. Lo desprestigia pretendiendo demostrar que imita obras de autores pertenecientes a su círculo intelectual conocidos por él perfectamente.

ALICIA CONTRALLO. Psicóloga defensora de las tesis oficialistas.

POR UNA VEZ, LA DIFERENCIA LA ESTABLEZCO YO

La diferencia entre el autor de este libro -último de la clase, oficiosamente proclamado torpe y, durante muchos años, con procederes de zoquete- y casi todos los políticos, determinados científicos, y copioso número de intelectuales queda perfectamente reflejada con esta frase: ellos creen tener respuestas, mientras que yo sólo tengo preguntas. Los eruditos oficiales y sus numerosos seguidores a los que estamos en esta situación autodidacta nos podrían llamar Los de la otra orla. Nos daría igual que lo dijeran como burla porque el apelativo refleja muy bien nuestro contexto. Los que estamos orlados por el autoaprendizaje y la observación aplacada, carentes de intereses ideológicos, corporativos, económicos o de poder, sin pretensión de reconocimiento estatal, honores o subvenciones, y, además discordantes, somos conscientes que la erudición oficial padece una grave enfermedad del pensamiento. Este va a ser el tema de esta obra. Carece de la pericia, abundancia de datos y de las florituras propias de los académicos. No somos diestros en estos menesteres. Debes tenerlo en cuenta. Qué daría porque fuera una de esas lecturas que engancha hasta la terminación. Haré todo lo posible para que la concluyas. Leída esta introducción, prólogo y notas biográfica, la primera pregunta hace acto de presencia: ¿Qué puede decir el último de la clase (o si lo prefieres, el torpe o el zoquete) que el primero no sepa? Este libro es la respuesta.

 

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EL ZOQUETE PERFECTO

 

Pintura

Roerich



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